Poetas Hazversos

Un blog
para los amigos de la poesía
que nos reunimos
en torno a los poetas de la colección
"Hazversidades poéticas"

(Café Comercial, Glorieta de Bilbao, el último martes de cada mes a las 20:00)

Mostrando entradas con la etiqueta Elvira Daudet. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Elvira Daudet. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de marzo de 2012

Expectación

Queridos amigos, gran expectación está causando nuestra próxima Poeta Hazversa, lo que me llena de alegría y también de agradecimiento a Enrique Gracia Trinidad, Elvira Daudet, Carmina Casala y algunos otros grandes poetas más que me presentaron la obra de Ana Montojo que yo no conocía (nada que deba extrañar al respetable pues con lo que yo ignoro se pueden redactar tres enciclopedias, dos de ellas visuales).

Así que os recuerdo que en el Café Comercial (Glorieta de Bilbao y con el Metro literalmente en la puerta), a las ocho de la tarde del próximo martes día 27 tendremos el privilegio de contar con los vivenciales poemas de Ana en su propia voz… No faltéis, jaime alejandre

Por mi mala cabeza voy dejando
pedazos de la vida en cualquier sitio.

Una tarde de lluvia perdí un sueño
en la barra de un bar, con el paraguas;
cuando volví no estaban y mira que lo siento;
el paraguas… aún tenía un buen uso
pero el sueño…
¿quién lo aprovechará con tantos rotos?

He perdido también –creo que fue en el metro-
una mirada larga, inacabada
que olvidé con las prisas
porque llegaba tarde a la rutina.

Y tras mucho buscar por los cajones
el beso que me diste
lo encontré con tres multas y algunas fotos viejas.

Casi seguro ya habrá caducado
mas lo conservaré porque… quién sabe…
tal vez me pidas que te lo devuelva.


(De “La niebla del tiempo”, 2011)

(Fotografía "Noviembre", © Julio Castelló, 2011)

jueves, 28 de abril de 2011

La (auténtica) consagración de la Primavera








Sí, queridos amigos hazvérsicos et altrii, el 4 de mayo a las 20:00 horas en el Libertad 8 ocurrirá el gran acontecimiento poético de la primavera (con perdón por el resto de egregios poetas, pero la jerarquía es la jerarquía y los puentes colgantes son los puentes colgantes, por no hablar de la lemniscata de Bernouilli).
Sí, Elvira Daudet, la Gran Dama de la Poesía española contemporánea, presenta un nuevo libro titulado “Laberinto Carnal”, publicado por Cuadernos del Laberinto.
Quien falte que luego no se queje por el crujir de dientes y el llanto de areniscas ni se ponga a gritar albórbolas amargas... avisados estáis, navegantes, jaime alejandre

¿QUIÉN SOY YO?

¿Quién eres?, le pregunto a esa desconocida
que ocupa mi lugar en el espejo.
Vacilo si me llaman por mi nombre
¿qué debo responder?,
¿a quién esperan ver cuando me miran?
He sido tantas Elviras diferentes,
algunas tan lejanas y perdidas.

Todavía,
para unos pocos ya, soy Elvirita,
la desmedrada niña “toda ojos”
que lamía la cal de las paredes.
Y en sus ojos nublados,
como espejos de azogue desprendido,
me veo como era cuando iba a visitarles
y la abuela extendía sobre una rebanada
la nata de la leche guardada día a día,
dulce manjar de dioses sólo para mi boca.
Tras evocar el mundo de la infancia,
aún húmedos los ojos y la boca hecha agua,
regreso apaciguada a la tristeza.

Otros reclaman a la voraz adolescente
que portaba orgullosa en la cabeza
un cántaro de estrellas rutilantes,
mas dónde están sus ojos, sus sueños, su sonrisa,
de vuelta de aquel sueño con el cántaro roto
y un puñado de piedras sobre el pecho.

Algunos me escudriñan con ahínco
para encontrar a la mujer mordida
por el diente venenoso del áspid del amor,
y no me reconocen las cenizas.
Los viejos camaradas me recuerdan
el sueño compartido, las batallas pérdidas,
los nombres ya olvidados de los que nos vendieron,
mientras todo se desvanece, y yo con todo.

Pero en este momento del presente,
que fluye como un río ya cadáver,
¿quién soy yo?, la que no tiene imagen definida
en los ojos de aquellos que me amaron:
la mujer solitaria a quien sonríen
los que no tienen nada más que penas;
la que llora en el vientre de la noche
escuchando las risas cercanas de las hienas;
la que olvida las gafas, pero nunca los ojos
del amor ni su herida.
Esa mujer de identidad borrosa,
ceniza imperceptible, hondo fracaso,
se me escapa camino de las sombras.

¿Qué esperanza esconde como un paño la muerte
que aguarda en un cajón de la mesilla?
¿Acaso es la sonrisa última de la vida
o un mandato supremo, irrevocable,
trasmitido por los supervivientes
que habitan en mi sangre desde siglos?
Es difícil interpretar los signos.
Al borde del abismo avanzo a ciegas,
sin comprender quien soy ni lo que espero.

(De “Cuaderno del delirio”, parcialmente publicado en 2010 por Hazversidades Poéticas)

(Cuadros "Atardecer 2" y "Entreabierto" © Marmotarroja, 2010)

viernes, 18 de febrero de 2011

Lázaro

No se va al teatro a ver una obra como “Lázaro” (Teatro Tribueñe, C/ Sancho Dávila, 31, Madrid, http://www.salatribuene.com/ Producción de Isla Aguilar; Isla, seguramente el poema más vital y esperanzado escrito por su madre, Elvira Daudet, esa debilidad de mi corazón) y se regresa a casa impunemente. Pasan las horas y uno no consigue recuperarse a sí mismo, rescatar al que fue y que se quedó absorto en la sala, apagadas ya las luces del proscenio y los ecos de los aplausos.
En mi caso ha tenido que llegar la madrugada siguiente a la función para que en mi vela noctámbula haya sido capaz de recomponer las piezas del puzzle de mí mismo desbaratado por la obra y tratar de asimilar lo que me transcurre por el alma.
Igual que el escenario de esta obra muestra montones desordenados de ropa como los de un trapero o los de una casa abandonada tras el paso de las tropas asaltantes, así habían quedado las piezas de mi espíritu tras la obra. Pero ahora me he dado cuenta del orden para nada evidente en el que sin embargo se habían esparcido esas, las piezas de mis ser. Y he entendido. Y entender es dolerse.

Háganme caso, vayan a ver esta obra (está hasta el 12 de marzo, un lujo en esta sociedad nuestra de lo fugaz y lo inane en la que el libro, la película, el concierto, recién estrenados, ya empiezan a ser retirados como cadáveres que pronto hederán, para que el nexo de unión de las obras de arte sea su consumo y no su permanencia, en esta cultura de usar y tirar fomentada por quienes saben que alienados por la sobreabundancia, los seres humanos somos manejables como muñecotes tristes, mudos). Vayan a verla. Descubran una compañía (Mirage) sólida como sólo lo que no tiene estructura alcanza a ser sólido en cualquier latitud, cualquier ambiente, a ser una y todas las cosas.
Su director (Juan Ayala) es capaz, con sabia mano invisible, de conducir sin despistes al mensaje central de la obra la desmesura propia que necesitan estos personajes para ser ellos mismos. Y sólo por ello merece la pena ser significado, pues la obra posee la infinita complejidad de lo que parece sencillo. Como cuando vemos a un atleta hacer un doble salto mortal con tanta facilidad que llegamos a pensar que cualquiera podría hacerlo en el pasillo de su casa.
Los actores (Miguel Oyarzun, Daniel Gallardo, Miguel Pérez), interpretan cada uno algo así como una decena de papeles, y sinceramente lo hacen con una energía, una vis dramática y cómica, una verosimilitud y una versatilidad, que lo esperanzan a uno por la larga y fecunda vida que le queda a la dramaturgia en España con profesionales como estos. El intercambio de papeles de Miguel y Daniel es de una intensidad que difícilmente se recuerda en el Foro y la luminosidad de sus gestos suman increíblemente texto al texto, complejo y magistralmente pronunciado por sus voces. (La elocuencia de los ojos de Oyarzun merecería capítulo aparte).
El uso de recursos escénicos (la escalera rota, por ejemplo) afortunadamente no responde a la moda actual, no está puesto al servicio del mero hecho de querer epatar a los espectadores no avisados, sino que se erige en símbolo múltiple que permite unos audaces movimientos de escena en los que la sobriedad del escenario se transforma en desbordante escenografía contando con la complicidad del público, demostración palpable, -sí, por una vez valga el lugar común-, palpable, de que el talento sabe transformar, inundar de luminosidad y dar voz incluso a los objetos (recordemos “Angelina o el honor de un Brigadier”, donde un muro se convierte por obra del autor, Jardiel Poncela, en personaje). Los escenógrafos (Tomás Muñoz y Anabel Strehaiano) consiguen una extraordinaria puesta en escena desde principio a fin, salpicada además de media docena de destellos simplemente inolvidables, conseguidos no con un despliegue de medios tecnológicos innecesario (y enmascarador de las carencias de sus usuarios las más de las veces), sino apenas con polvos de talco magistralmente iluminados (Miguel Pérez y David Alcorta) o con esa escalera rota que hace de picota, de sillón paritorio, de cárcel, de… de Teatro Mundo.

Concluyo: reconozco que aunque en muchos momentos de esta obra la comicidad me arranque la risa (el acibarado humor de algunos textos nos hace reír sabiendo que es indecente hacerlo pero necesario para soportar la imagen de la verdad), lo que me queda es la desolación y la tristeza del que le han mostrado las sombras de la naturaleza humana. Pero no se fíen demasiado de mis percepciones, pues a mí uno de los libros más amargos que se han escrito en la historia universal de la literatura siempre me ha parecido el Quijote, ese vivo loco muerto cuerdo con el que el común de los mortales, al parecer, se troncha de risa. Claro que hay quienes en el circo se mondan a costa del payaso triste que recibe los tartazos, los tortazos y, en definitiva, la soledad, despiadada, con nata y sin ella.
Así que para mí la obra tiene un tono de amarga y necesaria lucidez que, por ejemplo, en el momento anterior al desenlace, en el que los personajes se visten sus ropas de ciudadanos (acertadísimo vestuario el de María Madrigal y Abraham Diallo) y recuperan sus propias voces, se me hace espeluznante.
Y sin embargo, el contrapunto ofrecido por la música de Tim Bamber (interpretada con inigualable maestría en vivo a la guitarra y a la percusión por Miguel Pérez) es capaz de atrapara la atmósfera, creada alrededor de la necesaria estridencia de los parias de la escena, y envolverla en la mortal seda de la melancolía para hacerla aún más contundente.
“Lázaro”, por si aún fuera insuficiente lo que he dicho, demuestra la inmortalidad de algunos textos clásicos. Inmortalidad no sólo sustentada por sus propias palabras editadas ya entonces sino por el talento de jóvenes hombres y mujeres de teatro contemporáneos que son capaces de maridarlas a cuatrocientos cincuenta años de distancia en la más absoluta modernidad de los enigmas e inquietudes que hoy mismo nos sitian.

Enhorabuena a la Sala Tribueñe y a la Compañía “Mirage” y gracias por regalarnos una obra que en vez de entontecernos para aquietarnos frente al mundo y sus injusticias nos despierta. Nos despierta. O, tal vez, tras tanto tiempo como podemos llevar adormidos, nos resucita: Lázaro, sal fuera…
Salgan ustedes y vayan a ver esta obra imprescindible.
jaime alejandre

domingo, 30 de enero de 2011

¿Por qué escriben?

Hace unas semanas El País publicó una entrevista colectiva a un considerable número de escritores. Tan considerable que en él también cabían cosas distintas al escritor auténtico, personajes que más responden al calificativo de “mercenarios” del negocio editorial que a otra cosa, u otros para los que la literatura no es pasión sino sólo el resorte de la fama y la notoriedad.
Recapacitando sobre algunos de los motivos presentados en la entrevista (salvoconducto para deambular por el laberinto humano, por vanidad, para entender el argumento de la muerte, por necesidad, por ganarse la vida, para vencer el miedo a vivir, para comprender, para encontrarse, por narcisismo, por haber leído, por masoquismo, por perplejidad, para seducir, para subvertir…) se me ocurrió trasladar la pregunta a algunos de los Hazversos (pasados, presentes y futuribles), y aquí están las respuestas que me dieron. No todas las respuestas son de su puño y letra, pues en ocasiones acudieron a citar a otros grandes autores para hacerse cómplices de sus palabras, pero en cualquier caso, todas las respuestas están cargadas de autenticidad. Aquí van las de Julio Castelló, Arturo Gonzalo Aizpiri, Rafael Soler, Elvira Daudet… La de Simón Arriaga, claro, artífice primero de la idea y también la del epiloguista Jaime Reis que ha creído, equivocadamente una vez más, que endilgándonos un texto, y encima largo, podría compensar su indelicadeza de no haber acudido en diciembre a la presentación del Crisol de Poetas Hazversos 2010.

Simón Arriaga:
yo escribo "para alguien", y en parte es verdad. Creo que todos tenemos "un otro" al que nos dirigimos no sólo al hablar sino también al escribir, un otro imaginario o real, pero siempre simbólico... aunque ese otro sea uno mismo en tanto que lector de su propia obra. Yo ahí­ me sitúo precisamente en el desdoblamiento, y es desde ahí­ desde donde creo que me resulta más interesante pensar en el "por qué escribo". Lo diré de una vez: ESCRIBO PORQUE NO ENTIENDO NADA. No, no entiendo nada: nada a priori, nada de lo que se supone, nada de lo que parece y luego resulta no ser, y después otra vez tampoco. Escribo pues porque intento saber, y escribir y leerme me ayuda a investigar "el océano en esta superficie de vidrio" y desde ahí­ el suicidio o la muerte a la que se accede sin lucha, por ejemplo. Acercarme a entender, o a intentarlo, de una vez aunque nunca de una vez por todas. Escribo porque no sé. No sé nada de lo que se supone que deberí­a, de lo que es obvio: que la piel de una manzana es diferente que la mí­a o la de la tierra o... escribo porque es una forma de pelear que no daña, una forma de pelea contra mí mismo o mi "no-mismo", tanto da, pero contra mí, y de la que uno de los dos ha de salir con menos ignorancia, aunque sea por poco tiempo. Porque el mundo se me cierra a cada paso y sólo en las palabras he encontrado llaves para sus tremendos cerrojos. Sé que hay otra llaves: danzas y silencio, música y colores y líneas... pero yo sólo tengo letras.
Como Gandalf a las puertas de Moria me devano los sesos para atravesar puertas invisibles en la roca, puertas que sólo se dejan ver al pronunciar, escribir, sobre ellas, en ellas, la palabra precisa: "mellon": amigo. DI AMIGO Y ENTRA.
Traducir lo escrito, todo lo escrito, en tanto que lector es una tarea terriblemente compleja. Gandalf comete un error de traducción que le tiene clavado frente a la roca de su ignorancia durante interminables minutos, empeñado en que "ya sabe de antemano" mientras que lo que descubre allí­ es que saber de antemano es siempre saber un error. Ha de cambiar el verbo, ese del que se dice que fue lo primero. No es lo mismo "hablar" que "decir", no es lo mismo "habla amigo y entra" que "di ´amigo´ y entra". Y debe ser que más allá de la anécdota no debe ser lo mismo, no, hablar que decir.
Si para Arturo, con el preciosismo que le caracteriza incluso en su letra, "escribir es pensar despacio" (qué delicia de frase, saboreable una y otra vez) para mi escribir es decir, en tanto que diferente y opuesto a hablar. ESCRIBIR ES, EN PRIMER TÉRMINO, DECIRME COMO A UN OTRO, LO QUE NO SÉ. Lo que aún no sé pero estoy a punto de tocar... precisamente por ese acto casi espeleológico de la escritura.
Es un saber importante ese saber que no se sabe y al que abre la escritura de la poesí­a, porque es un saber en el que se produce un "reconocimiento", fugaz a veces, vital o mortal. El reconocimiento de algo propio, como la propia figura en el espejo: algo tuyo de lo que te apropias desde afuera en un desdoblamiento tenso del que sólo eres consciente cuando termina, cuando ya ha pasado y ha dejado su hulla, o sus secuelas. Pues conocer tiene algo de sí­ntoma, de enfermedad, y no en balde la enfermedad nos abisma a un otro conocimiento del que gustosamente huiríamos, sin que nadie por ello nos tachara de cobardes.
¿Qué es lo que quiero saber? Lo único que no llegaré a saber nunca: QUIERO SABER QUIÉN SOY, Y NINGUNA RESPUESTA ES SUFICIENTE.
Yo también creo que somos por entero en lo que sentimos, pero no sé si lo sé mientras lo siento o sólo lo siento y lo soy. Saber lo que siento, saber lo que soy, es por tanto una tarea que abordo como un viaje interminable y no por ello menos necesario. Mi camino son palabras, mis pasos son palabras, mi mar, mi barca, mi naufragio son palabras.
Hay, por fortuna, lugares donde uno es por entero o casi. Son pocos, son las más de las veces, RELACIONES. Relaciones como la de este grupo de Canallas, en las que basta ´decir´ amigo, para que en la roca más inescrutable se dibuje la lí­nea de una puerta invitando a entrar...

Elvira Daudet:
escribo porque la vida, la mía y la de los otros, me duele; escribir es la única forma de paliar el dolor. Cuando he sido feliz no he sentido ninguna necesidad de escribir. Esta es la razón esencial, pero si miro hacia atrás veo que he escrito por diferentes motivos, según los momentos. De niña, empecé a escribir para salvarme del miedo. Descubrí que gracias a la magia de las palabras podía contar los horrores que sucedían a mi alrededor, en un suburbio de la posguerra invadido continuamente por los pistoleros falangistas; escribiendo me sentía fuerte y dejaba de temblar como un conejo.
De adulta escribía porque no sabía hacer otra cosa para ganarme la vida.
Cuando me separé de mi marido escribía para dar de comer a mis hijos, que aprendieran idiomas y proporcionarles una educación completa que les permitiera ir a la universidad a realizar sus sueños.
En los momentos más amargos, cuando la vida me resultaba insoportable, escribía para escapar de la desesperación.
Y en los últimos años escribo, únicamente, para seguir viviendo. Todo, incluida la vida, se lo debo a las letras.

Julio Castelló:
escribo por escribir.

Arturo Gonzalo Aizpiri:
escribo porque siento necesidad de hacerlo, porque creo que no me sería posible vivir de otra manera. Porque cuando no escribo tengo la sensación de que la vida fluye desordenadamente, escapándoseme entre los dedos, sin dejar huella. Porque cuando no escribo me parece que todo transcurre borrosa, imprecisamente; que los días son material fungible, que se los lleva el viento. Porque, aunque alguien piense lo contrario, no son las palabras, sino la ausencia de ellas, lo que corre el peligro de esfumarse en el viento.
He aquí, por tanto, una primera clave. Escribo por la relación que tengo con el tiempo. Yo siento el tiempo como algo físico, perceptible, que no por ser inalcanzable deja de ser real, algo así como un horizonte. El tiempo puede ser un amigo, un cómplice, si se da con las disciplinas que a uno le permiten entendérselas con él. Y mi unidad de medida para entendérmelas con el tiempo es la escritura.
Pero no sólo porque la escritura permita dejar registros, cuadernos de bitácora, mensajes en el interior de una botella. Sobre todo, y este es mi segundo punto, es que escribir es pensar despacio. Buscar las palabras que nos expliquen es la mejor forma de iluminar nuestro camino. Nombrar algo es apropiarse de ello. Si yo me quedo un momento pensando y escribo: "Me hace muy feliz comenzar el año intercambiando regalos y palabras con mis amigos", el solo hecho de buscar y seleccionar una a una este puñado de palabras hace que la felicidad que me proporcionáis sea aún mayor. Y, por causa de esta misma magia de la escritura, intentar el imposible de ponerle texto al amor que Ángela y yo nos tenemos, consigue el prodigio de hacerlo aún mayor. Si después de tomarme un rato para pensarlo concluyo que nuestro amor es resplandeciente, o efervescente, o vertiginoso, es como si lo habitara de un modo más completo. Perdonadme una de mis digresiones técnico-pedantes. Se dice en el mundo de la calidad que lo que no se mide no mejora. Yo siento que lo que no se escribe no acaba de existir del todo.
La escritura es, por otra parte, el hardware del leguaje. Y el lenguaje es el instrumento más poderoso que existe. La lectura y la conversación me han entrenado en su uso desde que tengo uso de (aunque escasa) razón, y ahora disfruto ejercitándolo en todas sus posibilidades, como disfruta el músico tocando su instrumento o el malabarista haciendo bailar objetos en el aire. Disfruto escribiendo discursos, dedicatorias, correos electrónicos, poemas, relatos. Disfruto hasta escribiendo la lista de la compra. Disfruto diciendo palabras en voz alta. Covarrubias. Tertulia. Maliciosa. Canallas. Periscopio. Mi familia.
Lo anterior se corresponde con mi carácter de hormiga hoplita. Dejar huella. Entenderme con el tiempo. Pensar despacio. Ejercitar el lenguaje.
Pero además he escrito y publicado una novela, y eso añade respuestas. Escribo porque es un maravilloso ejercicio de libertad. Porque me permite crear territorios a los que retirarme cuando quiero evitar sufrir una sobredosis de realidad. Porque no hay nada parecido a poner un libro en manos de un lector, e imaginar las mismas exactas palabras que he escrito, en su estantería, su mesilla de noche, sus horas de soledad, su vida. Porque cuando alguien lee la novela, deja de ser mía, para convertirse en algo compartido por ambos. Me emociona pensar que mis personajes, mis paisajes, ya son nuestros personajes, nuestros paisajes… He puesto en circulación dos mil sucursales de mí mismo y viviré siempre, de algún modo, en ellas.
¿Por qué escribo? Por la misma razón que estoy siempre impaciente por escucharos. Porque no hay mejor punto de apoyo sobre el que construir, junto con el amor, las relaciones humanas.

Carmina Casala:
escribo porque creo en la libertad de pensamiento, en la imaginación. La poesía es un impulso, una sacudida que me enfrenta a una misteriosa verdad interior, un salto en el vacío en el que sólo es posible el poema.
La palabra es creadora y yo me sé creada por ella. Siento que el poema culmina cuando consigues hacer de las palabras silencios.
Por eso escribo: por el milagro.

Jaime Reis:
porque un animal, aun sin saber que lo hace y sin intención por hacerlo, puede pintar o hacer música, pero no puede escribir.
Porque es un milagro que 27 signos se combinen para componer miles de palabras en miles de idiomas. Y quién en su sano juicio no querría ser parte de un milagro.
Porque me temo que con la oratoria sólo se convence a los que ya piensan como nosotros. Y escribiendo y leyendo eres capaz de cambiar de opinión.
Porque, ya lo he dicho, la foto de una puerta sólo puede ser esa puerta, y la palabra puerta es todas las puertas.
Y escribo para sacármelo de lo cabeza, aunque a veces lo haga mal y siempre lo haga a medias y saque la mitad de la mitad de lo que estuvo en mi pensamiento.
Porque la vida será corta pero a mí los días se me hacen larguísimos.
Porque tampoco hace tanto que el hombre escribe, en verdad hace muy poco, 5.300 años y hay tanto que contar y recordar... por ejemplo que la rueda sólo nació doscientos años antes que la escritura en Súmer...
Porque la escritura es lo único que permite almacenar y transmitir el conocimiento.
Porque es tal vez la única actividad en la que no hay que dar explicaciones.
Porque no sé pintar.
Porque sin texto no hay Historia.
Porque Gilgamés, abrumado por la muerte de su amigo Enkidu a manos de Isthar, la diosa del amor Isthar, Gilgamés, digo, abrumado ante el espectáculo de la desaparición de Enkidu se propone conquistar la inmortalidad... y lo consigue con la ayuda del imperecedero matrimonio superviviente del Gran Diluvio Universal... aunque luego la “planta de la juventud” se la robe una serpiente y por eso las serpientes cambiando de piel si no son inmortales sí son eternamente jóvenes... y todo esto lo sabemos por un poema titulado “Quien todo lo vio” escrito antes casi todo sucediera.
Porque recuerdo a mi padre y veo a mis hijas y sé que Sary, escriba egipcio talló en piedra estos versos: “Un hombre ha desaparecido, su cuerpo polvo es, / toda su parentela ha vuelto a la tierra, / pero un libro hace que lo mencione la boca de quien lee”.
Porque escribir es el territorio único y perfecto de lo más sagrado que para el hombre hay, la libertad.
Porque si una sola persona en el mundo leyendo una frase mía disfruta una milésima parte de lo que yo con la Ilíada de Homero, el Quijote de Cervantes, el Diablo Mundo de Espronceda o la Caída de Camus, me sentiré feliz, y creeré haber devuelto al mundo honradamente algo de la infinita felicidad inmerecida que he recibido en mi vida de lector.
Escribo también por una vanidad que creo que se redime por sí misma puesto que no busca el halago por el halago sino que al recibir un parabién por algo escrito por mí, al ver un libro mío subrayado por alguien, descubro hermanos de emoción y sentimiento y el mundo cobra sentido porque no estoy solo.
Escribo porque a vosotros, gente mía (gente, como diría Dersu Uzala), os gusta.
Porque soy curioso y no me canso.
Secretamente incluso para mí mismo, supongo que empecé a escribir para ganarme el respeto y la admiración de mi padre, lector empedernido e inédito escritor.
Porque así no se perderá en el olvido, resistiendo al menos una hora, pongamos, el tsunami que en mi corazón supuso caminar por el laberinto de la ciudad de Mari (Tell Hariri), a orillas del Éufrates, construida hace 7.000 años. Un lugar que hoy a un turista a la busca y captura de algún fotograma exótico lo dejará con el vacío de la estafa y que sin embargo a mí me conmocionó. Muros aparentemente vanos que no otro sino Hammurabi destruyó. Mis huellas sobre sus huellas.
Porque en la escritura hay algo que es iluminación: me descubre en el más amplio sentido de la frase “me descubre”. Y por cierto que por eso del “amplio sentido” también es por lo que escribo. Porque decir “lo que queda” significa tres cosas distintas, todas certeras.
Porque empecé a hacerlo en el mismo momento de mi infancia en que comencé a ser yo mismo y no puedo pararlo. Y porque en las horas de desaliento (más editorial que escritorial) en que “decido” dejar de escribir lo pienso en forma literaria y no descanso hasta que escribo que ya no escribo.
Porque tras haber vivido (o sea, tras haber visitado latitudes impensables; tras haber edificado una familia; tras haber transitado las horas con vosotros, Hazversos y Canallas; tras haber amado y visto tanto y tanto), o sea, tras haber vivido, para cuando ya no viva, el Paraíso lo concibo como un lugar sin lugar donde no hay acción, un lugar donde transcurre infinito el tiempo sin tiempo, un lugar donde leo y leo y leo, aprendiendo, conociéndolo todo por lo escrito. “Casas de vida” llamaban en tiempo de Ramsés II a las bibliotecas. Y si el Paraíso que imagino en la nebulosa de la inexistencia es una biblioteca, ¿cómo no desear ser partícipe de la inacabable construcción de ese paraíso?, ¿cómo no escribir?

Rafael Borge:
(Iconoclasta heterodoxo hasta la extenuación, Rafael Borge responde a la pregunta con unas citas del libro “Escribir es vivir” de José Luis Sampedro:
“… me mueve a escribir descubrirme a mí mismo para descubrir a otros y para encontrarnos todos, para vivir más…
… mi concepción de la vida como una obligación de hacerse lo que se es. la vida es, o debe ser, un esfuerzo encaminado a hacernos lo que somos, lo cual entraña no pocas dificultades porque ¿cómo sabe uno quién es?...
… yo he escrito con tesón y perseverancia durante cuarenta años sin ser conocido como escritor. Era conocido como economista, pero, además de ganarme la vida con mi trabajo de economista, me levantaba a las cuatro de la mañana para escribir novelas. Y, pese a escribir y publicar unas cuantas, con buenas críticas y todo, a mí no se me consideró escritor hasta los años ochenta. Escribir durante cuarenta años sin que el esfuerzo esté recompensado por éxito, ni por fama ni por dinero, sólo tiene una explicación: que la recompensa consiste en la satisfacción íntima, en el “dolorido sentir” en palabras de Garcilaso. Al igual que Garcilaso de la Vega, tras un desengaño amoroso, escribió aquello de que “nadie me podrá quitar el dolorido sentir”, tampoco a mí me podía, ni me podrá quitar nadie el dolorido sentir de la creación…”

Rafael Soler:
¿Por qué diablos escribes, alma de cántaro, con la que está cayendo?
A tus cumplidos sesenta y dos añitos, de vuelta de nada y enfrentado a casi todo, ¿qué haces emborronando folios, servilletas, y recibos del super? Tú, que ignoras las bondades del ”control+enter”, que sigues confiando en la nívea bondad de los jurados literarios, que te has reencontrado con los tuyos a golpe de versos y manzanas, ¿qué pretendes un folio tras otro dale que te pego a las seis de la mañana, disfrutón, encendido, vivo, arreglando el mundo y sus aristas? ¿De qué vas cuando das lo mejor de ti al encontrar la palabra que faltaba, benéfico pardillo? ¿Buscas novia, un abono del Canal, alguna palmadita al bajar del autobús? Y más concretamente, por evitar cualquier floritura innecesaria en tu respuesta, ¿escribes cuando escribes, o cuando escribes bailas, vomitas, escuchas al ardiente corazón del amor que nunca conociste, vives como hubieras querido vivir si te dejaran? ¿Tanto tiempo te queda para tallarlo a tinta? ¿Para quién? ¿Para cuántos? ¿Qué quedará de todo lo escrito dentro de seis años, de diez o de cincuenta? ¿No hay suficiente texto impreso en las pescaderías, en las páginas salmón que el diablo confunda, en los misales? ¿Te parece prudente atosigar a tus afines con un poema nuevo que habla de tus viejas obsesiones, de la muerte inevitable, de la soledad que luce la solapa del vecino? ¿No tienes un diván? ¿No te gusta el ocio compartido, los escaparates, las aceras con sus piernas?
PAUSA, MIENTRAS EL INTERPELADO RECAPACITA, MALDICE LA ENCERRONA Y ENCUENTRA UNA RESPUESTA A SER POSIBLE
BRILLANTE
LUMINOSA
DEFINITIVA
Algo así como:
“Escribo… …( balbuceo)… …porque no tengo remedio”.

jueves, 9 de septiembre de 2010

La luz de la belleza

Ayer recomenzamos nuestras Hazversidades tras el paréntesis de agosto. Y con llenazo más allá de la bandera, como era de prever siendo la protagonista nuestra gran poeta Carmina Casala.
En el Libertad 8 todo (salvo el catarracísimo de Jaime Alejandre) desprendía suavemente la exhalación feliz de los reencuentros. Y además reinaba entre los asistentes una atmósfera de irreprochable belleza. Carmina Casala al frente de esa hermosura, radiante, provocando la serena atracción que sólo haber vivido conscientemente pone en la epidermis de algunos hombres y mujeres, y que seguramente si alguien supo alguna vez perpetuarla en imagen fue Piero della Francesca.
Pero no sólo Carmina iluminaba el Libertad 8... Véanse los fulgores de los oceánicos ojos de Lucía en una de las fotos; u otras maravillas no fotografiadas como Antonio, flamígero en el vencimiento de la enfermedad; o Romina con esa radiante juventud suya que de vital duele sin doler y destella sin cegar; o una imagen que sí pude captar con la cámara pero que, egoísta sin sonrojos, me guardo sólo para mí, la de una Elvira Daudet inalcanzable para los meramente humanos, esa Elvira que es y no es de este mundo de mortales; o Valentín, herido por el oleaje del desamor que inevitablemente traen los años y sin embargo siendo faro para la navegación de los que gracias a él siempre encontramos entre las sombras una senda por la que disfrutar del canto de las Sirenas sin caer en sus engaños, los de la fugacidad...
La portentosa voz de Carmina recitando sus estremecedores poemas fue el contrapunto indispensable para convertir la velada en otro de los mágicos momentos Hazvérsicos de este año milagroso.
Ayer se citó a Romain Gary, que dijo “todo hombre se sueña y se busca, y sólo se encuentra para constatar su propia ausencia”. Cierto es, pero también que cuando algunos de esos hombres y mujeres recalamos bajo la poesía de los Hazversos del Libertad 8, lo que constatamos es que hay una comunión de iguales entre cuantos no sentimos la ausencia sino la solidaria compañía de los que braceamos contra lo que no vale la pena.

III

Morir, morir,
ignorar el principio y renegar de sus leyes.
El corazón, atado, partiendo a ningún sitio.
Morir, mujer,
para siempre fragata apuntando imposibles,
huella de sal, estatua a la deriva.
Solamente la lluvia fecundó tus cristales
y ahora dices morir después de la tormenta.
Era mejor la tregua, pero no lo supiste
hasta aquel estertor incrustado en tu vientre,
hasta aquella sed larga que invalidó tu boca.
Morir, morir. Penetrar los balcones,
los cómplices inútiles,
los desiertos de siempre fijándose a tus huesos.
Eran sueños, mujer, pretérito imperfecto
para sumarle pasos a la hierba.
Sin embargo, morir es plenitud redonda
que resuelve horizontes,
que quiebra la tangente de tus alas
donde el árbol no pudo entroncar con la vida.

(De Ahora que las algas agonizan)

miércoles, 9 de junio de 2010

El elemento contra los elementos

Lluvia en Madrid, esta ciudad absurda pero sin la gracia de los surrealismos que apenas con que amague una nube se azolva en una arteriosclerosis de la razón y queda alicatada por coches-persona de los que olvidaron que no nacemos con ruedas sino con piernas.
Calles cerradas al tráfico en los alrededores de Cibeles, en ese centro no neurálgico sino de enceplanograma por el que con prisa pasan sin detenerse las gentes que creen que las plazas se hicieron para huir a lo largo de las calles que de ellas salen sin comprender que son justo al contrario, los lugares hacia donde confluyen los caminos para que los ciudadanos se encuentren.
Manifestación de funcionarios que reclamaban lo imposible, que los facinerosos del latrocinio internacional sean quienes paguen con sus fortunas robadas y no esos funcionarios con sus salarios. Manifestación inútil que los llevó a congregarse y desdibujarse en la muchedumbre de paraguas sin haber sacado siquiera un verso de beneficio al pasar tan cerca del Libertad 8 pero sin verlo.
La Selección española de fútbol en algún estadio. El fútbol ubicuo en la televisión y los corazones del pueblo que abandona toda su emoción a un seis-cero a Polonia sabiendo que ese resultado es todo lo que pudo escampar ayer en sus vidas rutinarias.
Lluvia, tráfico, manifestación, fútbol. Y Elgarresta en el Ocho a las ocho.
Y lo llenó, aunque esta vez sin apreturas. Importa la presencia de la cantidad, claro –arropa mucho la foule cuando es tanto el asedio de la soledad- pero más importa la calidad que no conoce de aforos.
Lo que digo vale para todos y cada uno de los que estuvisteis ayer en el Ocho, pero déjeseme poner un ejemplo concreto que simboliza el compromiso de todos vosotros. Que Elvira Daudet se baje de un taxi en medio del barrizal de la tormenta y los dolores de sus huesos y se camine su buen número de manzanas y manzanas para llegar a las Hazversidades. Eso es lo que da sentido a esta insensatez.
Y sobre todo a ti querido Elgarresta, dios conocido y dios desconocido, gracias por tu generosidad, gracias por someter tu proverbial timidez, enfrentarte al desconcierto de los focos del local y darnos tus dosis de iluminación, belleza, sensibilidad y humor. Pilares que sustentan el mundo que de verdad importa. Si es que es humo, es humo lo demás...

AL DIOS DESCONOCIDO
Mi corazón fermenta en un basurero
con los restos de la comida
que el invierno arrojará a la primavera
para que las flores disimulen en sus raíces
la fecunda podredumbre.
Mi voz es la voz del viento
que recorre la llanura
entregando sus mensajes
sin decir jamás de dónde vienen.
¿Quién me impuso tanta desmemoria?
Ser palabra sin labio ¿eso es lo que me toca?
Soy el mar y acaricio las mejillas del náufrago.
Soy el rayo y esculpo las entrañas del roble.
Soy el perro y ladro a un enemigo invisible.
Soy la muerte y aquél a quien amo no desea vivir.
Soy el amor y a quien hiero no sabe morir.
Soy el amor y la muerte y no sé quién soy.
El día soy y también la noche,
pero nunca ambos juntamente.
Ilumino sin ver la luz.
Oscurezco sin saber dónde caen las sombras.
Soy un amante lascivo que intenta retener a una mujer,
pero mis besos tardarán en desvanecerse
menos que un solo gesto de sus labios.
Soy el arquitecto de un palacio que no reconoceré
(otro será quien lo habite)
Soy el autor de un poema que muy pronto olvidaré
(otro será quien lo lea)
Hombres: soy uno de vosotros y soy todos,
ya que en todos se cumplen estas palabras
sin que ninguno sepa que él las escribió.
Esta es la eternidad que os ofrezco.

martes, 23 de marzo de 2010

Reseña Diario de Navarra

Aquí tenéis la reseña de Ramón Irigoyen de la presentación de las Hazversidades de Elvira Daudet, publicada el 22 de marzo en el Diario de Navarra...

"... hoy y mañana, leo, naturalmente, a Elvira Daudet, una espléndida poeta de Cuenca. Publicó, en 1994, 'El don desapacible', una joya de la poesía española.... ... recomiendo la lectura de los once poemas que Elvira Daudet ha publicado en la colección 'Hazversidades poéticas'. El libro lo han editado Libertad8 y Absurda Fábula. La idea y dirección de esta colección es del poeta Jaime Alejandre... ... y leí, con dolor, estos versos del espléndido poema 'Muerte de Ulises', de Elvira Daudet: 'Yo no estuve en tu último naufragio. / Aunque morí contigo muchas veces / en otras pavorosas tempestades, / en la definitiva yo no estuve a tu lado'."



PS: Un vídeo de la presentación de las Hazversidades de Elvira Daudet está en: http://jorgetorresdaudet.blogspot.com/


lunes, 22 de marzo de 2010

Reseña de Hazversidades Poéticas


Nuestro gran poeta, crítico y promotor literario Jorge de Arco ha tenido la amabilidad de publicar la primera reseña periodística de la colección Hazversidades Poéticas. Ha salido publicada el 22 de marzo en "Andalucía Información". Adjunto el vínculo del periódico donde puede leerse y además la trascribo a continuación.
http://www.andaluciainformacion.es/portada/?a=114170&i=5&f=0&b=1029

Desde esta columna, que ya ha cumplido una década, he procurado siempre dar la bienvenida a todo tipo de iniciativas literarias, que llevasen además aparejadas una realidad editorial.Por ello, es ahora de justicia, saludar con ilusión el nuevo proyecto, convertido ya en certidumbre, que capitanea Jaime Alejandre ( 1963). Este burgalés, nacido y crecido por y para la literatura -y por y para las buenas causas-, narrador, ensayista, poeta, agitador cultural…, ha diseñado un luminoso itinerario lírico por donde irá clamando su paz y su palabra un buen puñado de autores. Él, mejor que nadie, nos lo explica con sus propias palabras:“Los ocho a las ocho en el “Libertad 8” son unos recitales de poesía que convocan cada mes a una heterodoxa tripulación de poetas “hazversos” unidos por la insensata empresa de encontrar dudas y certezas imperecederas en un mundo que se tapa los oídos y cierra los ojos creyendo que sobrevivir sea vivir. Para rescatar el torbellino de la desmemoria y la fugacidad de estos versos recitados en mágicas veladas de resistencia emocional e intelectual, ha nacido la colección “Hazversidades poéticas”, con la esperanza aún de vencer, si acaso un instante, al tiempo, al hombre, a sus engaños”. Con estas premisas, se han celebrado ya los dos primeros encuentros y ha visto la luz un par de sugerentes y límpidos cuadernos, que dejan intacto el apetito de las futuras entregas.El primer volumen -editado, como los restantes, por el propio Café Libertad 8 y bajo el cuidado diseño gráfico de “Absurda fábula”-, tiene como protagonista a Enrique Gracia (1950).Hombre polifacético -actor, crítico, articulista, poeta…-, este madrileño ha recogido para la ocasión una interesante muestra de su ya abundoso quehacer. Su poesía, de verso sólido y humano, y con un sabio dominio de las tonalidades rítmicas, deja honda huella al lector y a él se anuda con verbo firme: “En un poema hay que extender la vida/ al viento, al sol de la mañana,/ a la vista de todos/ como ropa tendida en el alambre …/… Los versos, hechos sangre, piel o músculo/ bien cogidos con pinzas, agitándose/ en medio de los patios, a la luz,/ como banderas sin ejército./ Así tienen sentido”.El número dos de esta colección lleva el nombre de Elvira Daudet. Esta periodista y novelista, con seis poemarios a sus espaldas, presenta aquí un amplio adelanto de lo que será su próximo libro de versos, “Cuaderno del delirio”.Su cántico, viene signado por la ausencia y la búsqueda de una esencia amatoria que quedó anclada en otro espacio, en otro tiempo pretérito y que no retorna. Y que duele: “Malherida quedó, de pie en la alcoba,/ alguien que no era yo;/ al principio pensé que estaba muerta …/… El vacío trepó por las paredes/ como un súbito moho,/ royendo los visillos,/ la alegría de nuestras risas juntas”.Y así, con el alma en vilo, con el corazón al descubierto, van navegando estos versos en una singladura, donde el olvido no cabe, y el recuerdo es herida abrasadora: “Tus labios son todavía mi infierno”.Ténganlo presente. Cada día ocho, a las ocho, en el madrileño Libertad 8. Las próximas citas: Rafael Soler, Julio Castelló, José Elgarresta y Carlos Aganzo. Lo dicho. Buena poesía y buena gente.