Poetas Hazversos

Un blog
para los amigos de la poesía
que nos reunimos
en torno a los poetas de la colección
"Hazversidades poéticas"

(Café Comercial, Glorieta de Bilbao, el último martes de cada mes a las 20:00)

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miércoles, 12 de diciembre de 2012

Yo diría que felicidad

Sí, yo diría que felicidad ha sido el sentimiento unánime de cuantos hemos gozado (sic) de la presentación del Crisol de Poetas Hazversos 2012 con Jesús Urceloy, Ana Montojo, Jesús Hilario Tundidor, Montse Cano, Arturo Gonzalo Aizpiri (en espíritu desde Moscú), Javier Lostalé, Esther Peñas, Alberto Infante (también por poderes desde Tanger) y Paco García Prados. Nueve poetas inabarcables en su excelencia, unidos, como hemos dicho esta tarde, por su diversidad.
Además las canciones de Andrés Sudón, uno de los pocos cantautores que queda que hacen música con poesía de verdad, no ripios, ha sido un regalo de dioses que de existir morirían de envidia de inmediato al escuchar su dulce y profunda voz.
Y gracias al desvivirse literalmente de Isabel y Eva, unos buenos amigos sordos y todos nosotros también hemos podido disfrutar plenamente con incluisvidad de la poesía hazversa de hoy en lengua de signos española.
Así que todo ha sido un prodigio de armonía y placer.

Sí, yo diría que felicidad es la palabra que resume lo ocurrido. Felicidad, qué increíble en este año aciago para tantos...
En fin, como hoy se ha hablado también de aquel extraordinario poeta que fue Jaime Sabines, nada mejor que resumir el sentimiento de Alicia (editora), de Fernando y Andrés (patrocinadores del Comercial) y el mío, sin duda alguna, hacia todos vosotros, poetas hazversos, cantante, intérpretes de lengua de signos, y sobre todo hazversófilos parroquianos, reconociendoos como los Amorosos del poema de Sabines.
Salud, jaime

Los Amorosos

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se estan yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre- ¡ que bueno !- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.
 
(Jaime Sabines)

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Crisol Hazverso 2012


Queridos amigos, el próximo martes día 11 a las 2000 presentamos en el Café Comercial la antología Crisol Hazverso 2012 en el que se publican 160 páginas de buena parte de la poesía más original de nuestros tiempos. Contaremos con la presencia de los autores: JESÚS URCELOY, ANA MONTOJO, JESÚS HILARIO TUNDIDOR, MONTSERRAT CANO, ARTURO GONZALO AIZPIRI, JAVIER LOSTALÉ, ESTHER PEÑAS, ALBERTO INFANTE y JOSÉ GARCÍA.

Además habrá una intervención musical del cantautor ANDRÉS SUDÓN. Y el acto, como en otras ocasiones, será accesible para personas sordas mediante interpretación de poemas y canciones a Lengua de Signos Española.
Os esperamos, salud, jaime

miércoles, 27 de junio de 2012

Épica, heroica jornada

Un calor de (in)justicia caía a plomo fundido en la Villa de Madrid esta tarde. Heroicos algunos hazversos se deslizaron por la urbe camino del Café Comercial, sabedores de que la recompensa de su hazaña sería remunerada con el oro molido que los dioses atesoran apenas para algunas musas.
Y Arturo Hazverso ha tomado ese olímpico polvo áureo en la palma de sus manos en forma de versos suyos, ha soplado y nos ha inundado de una salvífica lluvia de felicidad y lirismo.
Todo nuestro alrededor se ha convertido en babilónico jardín colgante donde la frescura del oasis de unos poemas ha sido suficiente para aquietar la violencia de un sol envidioso y humedecer tanto la piel de los oyentes como sus ojos al escuchar cosas de Ángela que nadie creería. O sí.

 Afuera, ignorantes, en la calle, hombres y mujeres vagaban camino de su hastío desconociendo el milagro que allí mismo, al lado, se estaba desenvolviendo como un derviche giróvago embriagado de sí mismo.
Gracias Arturo por tu inapelable recital...


INTACTOS
Soy constante como un árbol. A veces duermo ajeno
largamente, como si me hubiera convertido en otro
hombre y no importaran ya los altares nuestros poblados
de secretos.

Pero durmiendo nos sueño, nos recuerdo y siempre
regreso de los senderos agrestes del invierno; aquí me
esperas tú, y ellos, y tantos habitantes fieles de esta tierra.

Volvemos siempre, sedientos, cubiertos de cielo y polvo,
como quien viene de lejos. Volvemos exhaustos pero
intactos.



COSAS QUE SÉ DE TI QUE NADIE CREERÍA
 
Hay cosas que sé de ti
que debo guardar en secreto
porque nadie las creería.

Digo por ejemplo esa facultad de deshacerme
las contracturas que me brotan en la boca
con un solo arpegio de tu legua desnuda
digo tu estatura infranqueable en la hora gris
cuando zumban en el aire derrotas como insectos
y a la ciudad le sobornaron los colores
digo tu dedo menudo levantado de antemano
cuando suenan a lo lejos campanas de naufragio
incondicional recluta siempre para todo
digo tu mirada ignífuga a la melancolía
tu encía ofreciéndole cimiento a la sonrisa
esa que hace astillas el cenotafio de los sueños
con su caligrafía de filamento incandescente
digo una sola pestaña que sutura
la fatiga herrumbrosa de los materiales
y desentraña la salmuera y los escombros
parpadeando miradas de fosgeno.

Digo esos abrazos tuyos que nos ungen
con noches de propiedad conmutativa.


(Arturo Gonzalo Aizpiri, Hazversidades, 2012)

miércoles, 20 de junio de 2012

El Big Bang y Arturo Hazverso

Hubo un momento al Principio de lo que está antes del Principio, que el Supremo Hacedor, por sobrenombre Big Bang, pensó que en lo que pensaba crear (el Universo y en una esquina de él a los humanos) bastaba con hacer los árboles, los mares, los dioses y sus leyendas, la rueda, la maleta de ruedas (aunque esto algo más tarde, cuando hizo desaparecer un poco de la esclavitud y el oficio de maleteros de estación de ferrocarril o de aeropuerto), el té negro y la impresora de color. También le pareció bastante con crear a un tipo para que a su vez inventara el libro, y hasta le pareció fundamental dejar ciego a un señor para que escribiera la Odisea y luego a otro para que fuera Borges. El Big Bang tenía sus prontos y caprichos, pero como era el que estaba antes que nadie se podía permitir esos lujos. Siguió creando cosas como los atardeceres, los eclipses, la democracia y otras zarandajas y dijo al final “prou” (también inventó las lenguas, incluida la de signos. Lenguas, no para confundir a las gentes sino para que hubiera más riqueza en el mundito que había creado en una esquina de su Universo). Pues eso, que se dijo, ya basta con esto: un Universo, astros, misterios, luces, sombras, imaginación, libros, personas… suficiente.
Pensó, sin embargo al rato, que se había pasado… joder, había inventado gratis la maleta con ruedas… así que optó por compensar un poquito y creó el “ismo”, entre los que quiso destacar muy significativamente el nacionalismo, el terrorismo, el capitalismo… y al darse cuenta de que en el fondo eran sinónimos hizo el estalinismo y el nazismo y entonces se dio cuenta de que era todo igual y que no había creado el “ismo” sino el “mismo”. Desesperóse un poco porque no sabía cómo compensar lo que otra vez se le había descompensado y entonces no tuvo más remedio que inventar a Arturo Gonzalo Aizpiri. Y al tener la idea se quedó, como vulgarmente se dice, “como dios”. Miró la obra que había creado y se dijo, perfecto: este tipo que he modelado va a ser indispensable para la moralidad y excelencia del mundito que he llamado Tierra pero a la vez va a dar tanta envidia que la gente tendrá malos pensamientos y el equilibrio será constante. Voy a hacer que este Arturo sea un pensador, escritor, directivo, político y, por qué no, guapo de los guapos de verdad, los que lo mismo gustan a las hijas que a las madres, a los hombres que a los marsupiales, que a los mediopensionista que a los cadáveres. Como tanta perfección creará inquina hasta en sus mejores amigos, pensó el Creador, la armonía final queda garantizada. Le dio además a Arturo la facultad de causar buen rollo allá donde fuera, la de escribir con letra de (pan) de molde, y hasta la de estar sentado cuando parece que está de pie y viceversa. Para rematar la cosa le dio una regla y un bolígrafo con el que demediar Granadillas, pero eso es otra historia… El caso es que creó a Arturo, lo lanzó a la Tierra con sus novelas históricas, su optimismo, su activismo político, sus poemas, su pasión por la verdad y otras menudencias y dijo: me ha quedado de cojones, que se jodan sus congéneres. Y el Creador se fue a descansar de incógnito en otra de sus más malignas creaciones, los viajes del Imserso en Benidorm…

Traducción al román paladino: el próximo martes 26 a las ocho de la tarde en el Comercial de Glorieta de Bilbao, gran acontecimiento literario… la poesía de Arturo Gonzalo Aizpiri por fin editada. Tras resistirse años, por un arcano pudor, a publicar su poesía, por fin en un momento de debilidad cósmica le hemos arrancado a Arturo una parte de su obra que debe ser de todos. Nos la merecemos, amigo, así que gracias por dejárnosla…

ARMADOS HASTA LOS LABIOS

Lucharemos, una mujer y un hombre
armados hasta los labios,
hasta los ojos, hasta la lengua
de anchos horizontes, de risa
inextinguible, de corazón hambriento.

Tú y yo, ardientes marineros del alba,
lucharemos sin pólvora ni estruendo,
sin acero, sin otro ejército
que nuestras voces al vuelo.

Es una desigual batalla.
Están de nuestro lado los montes,
los arroyos, los océanos.

LOS AÑOS NUESTROS

Hubo un tiempo azul en que no tuve
conciencia de las horas que pasan.


Me alcanza como una sonrisa brillante,
como una ternura sin límites ni orillas.


Pareció que no terminaría nunca,
pero duró un suspiro sólo, un pálpito.
Fue un azar hermoso, un arduo milagro.


Hubo un tiempo rojo, de hogueras y heridas
de sangre tendida al sol del mediodía.


Sabe todavía áspero en mi lengua
como un remolino de polvo y menta.


Fui entonces un solitario duelista,
un cometa obstinado y lejano.


Hubo un tiempo transparente y dorado
de nieve, de viento claro, de labios.


Un tiempo de encendidas palabras
entregadas despacio, de lenguas y secretos.
Ese tiempo dura todavía. Son los años nuestros.


Otrosí: como el poeta éste en cuestión además de todas las lindezas más arriba referidas es también coeditor de la colección Evohé-El Periscopio de libros de viajes rescatados del olvido, el martes 26. Perimero, como siempre tendremos la presentación y lectura de las Hazversidades Poéticas de Arturo Gonzalo Aizpiri a las ocho de la tarde y justo a continuación, a las nueve haremos una presentación/coloquio sobre la última novedad de El Periscopio, el viaje a Italia de ese ser inaudito que fue Vicente Blasco Ibáñez.

Os esperamos para los dos encuentros literarios. Gran día el 26 de junio de 2012 para los anales de la Villa y Corte…

domingo, 30 de enero de 2011

¿Por qué escriben?

Hace unas semanas El País publicó una entrevista colectiva a un considerable número de escritores. Tan considerable que en él también cabían cosas distintas al escritor auténtico, personajes que más responden al calificativo de “mercenarios” del negocio editorial que a otra cosa, u otros para los que la literatura no es pasión sino sólo el resorte de la fama y la notoriedad.
Recapacitando sobre algunos de los motivos presentados en la entrevista (salvoconducto para deambular por el laberinto humano, por vanidad, para entender el argumento de la muerte, por necesidad, por ganarse la vida, para vencer el miedo a vivir, para comprender, para encontrarse, por narcisismo, por haber leído, por masoquismo, por perplejidad, para seducir, para subvertir…) se me ocurrió trasladar la pregunta a algunos de los Hazversos (pasados, presentes y futuribles), y aquí están las respuestas que me dieron. No todas las respuestas son de su puño y letra, pues en ocasiones acudieron a citar a otros grandes autores para hacerse cómplices de sus palabras, pero en cualquier caso, todas las respuestas están cargadas de autenticidad. Aquí van las de Julio Castelló, Arturo Gonzalo Aizpiri, Rafael Soler, Elvira Daudet… La de Simón Arriaga, claro, artífice primero de la idea y también la del epiloguista Jaime Reis que ha creído, equivocadamente una vez más, que endilgándonos un texto, y encima largo, podría compensar su indelicadeza de no haber acudido en diciembre a la presentación del Crisol de Poetas Hazversos 2010.

Simón Arriaga:
yo escribo "para alguien", y en parte es verdad. Creo que todos tenemos "un otro" al que nos dirigimos no sólo al hablar sino también al escribir, un otro imaginario o real, pero siempre simbólico... aunque ese otro sea uno mismo en tanto que lector de su propia obra. Yo ahí­ me sitúo precisamente en el desdoblamiento, y es desde ahí­ desde donde creo que me resulta más interesante pensar en el "por qué escribo". Lo diré de una vez: ESCRIBO PORQUE NO ENTIENDO NADA. No, no entiendo nada: nada a priori, nada de lo que se supone, nada de lo que parece y luego resulta no ser, y después otra vez tampoco. Escribo pues porque intento saber, y escribir y leerme me ayuda a investigar "el océano en esta superficie de vidrio" y desde ahí­ el suicidio o la muerte a la que se accede sin lucha, por ejemplo. Acercarme a entender, o a intentarlo, de una vez aunque nunca de una vez por todas. Escribo porque no sé. No sé nada de lo que se supone que deberí­a, de lo que es obvio: que la piel de una manzana es diferente que la mí­a o la de la tierra o... escribo porque es una forma de pelear que no daña, una forma de pelea contra mí mismo o mi "no-mismo", tanto da, pero contra mí, y de la que uno de los dos ha de salir con menos ignorancia, aunque sea por poco tiempo. Porque el mundo se me cierra a cada paso y sólo en las palabras he encontrado llaves para sus tremendos cerrojos. Sé que hay otra llaves: danzas y silencio, música y colores y líneas... pero yo sólo tengo letras.
Como Gandalf a las puertas de Moria me devano los sesos para atravesar puertas invisibles en la roca, puertas que sólo se dejan ver al pronunciar, escribir, sobre ellas, en ellas, la palabra precisa: "mellon": amigo. DI AMIGO Y ENTRA.
Traducir lo escrito, todo lo escrito, en tanto que lector es una tarea terriblemente compleja. Gandalf comete un error de traducción que le tiene clavado frente a la roca de su ignorancia durante interminables minutos, empeñado en que "ya sabe de antemano" mientras que lo que descubre allí­ es que saber de antemano es siempre saber un error. Ha de cambiar el verbo, ese del que se dice que fue lo primero. No es lo mismo "hablar" que "decir", no es lo mismo "habla amigo y entra" que "di ´amigo´ y entra". Y debe ser que más allá de la anécdota no debe ser lo mismo, no, hablar que decir.
Si para Arturo, con el preciosismo que le caracteriza incluso en su letra, "escribir es pensar despacio" (qué delicia de frase, saboreable una y otra vez) para mi escribir es decir, en tanto que diferente y opuesto a hablar. ESCRIBIR ES, EN PRIMER TÉRMINO, DECIRME COMO A UN OTRO, LO QUE NO SÉ. Lo que aún no sé pero estoy a punto de tocar... precisamente por ese acto casi espeleológico de la escritura.
Es un saber importante ese saber que no se sabe y al que abre la escritura de la poesí­a, porque es un saber en el que se produce un "reconocimiento", fugaz a veces, vital o mortal. El reconocimiento de algo propio, como la propia figura en el espejo: algo tuyo de lo que te apropias desde afuera en un desdoblamiento tenso del que sólo eres consciente cuando termina, cuando ya ha pasado y ha dejado su hulla, o sus secuelas. Pues conocer tiene algo de sí­ntoma, de enfermedad, y no en balde la enfermedad nos abisma a un otro conocimiento del que gustosamente huiríamos, sin que nadie por ello nos tachara de cobardes.
¿Qué es lo que quiero saber? Lo único que no llegaré a saber nunca: QUIERO SABER QUIÉN SOY, Y NINGUNA RESPUESTA ES SUFICIENTE.
Yo también creo que somos por entero en lo que sentimos, pero no sé si lo sé mientras lo siento o sólo lo siento y lo soy. Saber lo que siento, saber lo que soy, es por tanto una tarea que abordo como un viaje interminable y no por ello menos necesario. Mi camino son palabras, mis pasos son palabras, mi mar, mi barca, mi naufragio son palabras.
Hay, por fortuna, lugares donde uno es por entero o casi. Son pocos, son las más de las veces, RELACIONES. Relaciones como la de este grupo de Canallas, en las que basta ´decir´ amigo, para que en la roca más inescrutable se dibuje la lí­nea de una puerta invitando a entrar...

Elvira Daudet:
escribo porque la vida, la mía y la de los otros, me duele; escribir es la única forma de paliar el dolor. Cuando he sido feliz no he sentido ninguna necesidad de escribir. Esta es la razón esencial, pero si miro hacia atrás veo que he escrito por diferentes motivos, según los momentos. De niña, empecé a escribir para salvarme del miedo. Descubrí que gracias a la magia de las palabras podía contar los horrores que sucedían a mi alrededor, en un suburbio de la posguerra invadido continuamente por los pistoleros falangistas; escribiendo me sentía fuerte y dejaba de temblar como un conejo.
De adulta escribía porque no sabía hacer otra cosa para ganarme la vida.
Cuando me separé de mi marido escribía para dar de comer a mis hijos, que aprendieran idiomas y proporcionarles una educación completa que les permitiera ir a la universidad a realizar sus sueños.
En los momentos más amargos, cuando la vida me resultaba insoportable, escribía para escapar de la desesperación.
Y en los últimos años escribo, únicamente, para seguir viviendo. Todo, incluida la vida, se lo debo a las letras.

Julio Castelló:
escribo por escribir.

Arturo Gonzalo Aizpiri:
escribo porque siento necesidad de hacerlo, porque creo que no me sería posible vivir de otra manera. Porque cuando no escribo tengo la sensación de que la vida fluye desordenadamente, escapándoseme entre los dedos, sin dejar huella. Porque cuando no escribo me parece que todo transcurre borrosa, imprecisamente; que los días son material fungible, que se los lleva el viento. Porque, aunque alguien piense lo contrario, no son las palabras, sino la ausencia de ellas, lo que corre el peligro de esfumarse en el viento.
He aquí, por tanto, una primera clave. Escribo por la relación que tengo con el tiempo. Yo siento el tiempo como algo físico, perceptible, que no por ser inalcanzable deja de ser real, algo así como un horizonte. El tiempo puede ser un amigo, un cómplice, si se da con las disciplinas que a uno le permiten entendérselas con él. Y mi unidad de medida para entendérmelas con el tiempo es la escritura.
Pero no sólo porque la escritura permita dejar registros, cuadernos de bitácora, mensajes en el interior de una botella. Sobre todo, y este es mi segundo punto, es que escribir es pensar despacio. Buscar las palabras que nos expliquen es la mejor forma de iluminar nuestro camino. Nombrar algo es apropiarse de ello. Si yo me quedo un momento pensando y escribo: "Me hace muy feliz comenzar el año intercambiando regalos y palabras con mis amigos", el solo hecho de buscar y seleccionar una a una este puñado de palabras hace que la felicidad que me proporcionáis sea aún mayor. Y, por causa de esta misma magia de la escritura, intentar el imposible de ponerle texto al amor que Ángela y yo nos tenemos, consigue el prodigio de hacerlo aún mayor. Si después de tomarme un rato para pensarlo concluyo que nuestro amor es resplandeciente, o efervescente, o vertiginoso, es como si lo habitara de un modo más completo. Perdonadme una de mis digresiones técnico-pedantes. Se dice en el mundo de la calidad que lo que no se mide no mejora. Yo siento que lo que no se escribe no acaba de existir del todo.
La escritura es, por otra parte, el hardware del leguaje. Y el lenguaje es el instrumento más poderoso que existe. La lectura y la conversación me han entrenado en su uso desde que tengo uso de (aunque escasa) razón, y ahora disfruto ejercitándolo en todas sus posibilidades, como disfruta el músico tocando su instrumento o el malabarista haciendo bailar objetos en el aire. Disfruto escribiendo discursos, dedicatorias, correos electrónicos, poemas, relatos. Disfruto hasta escribiendo la lista de la compra. Disfruto diciendo palabras en voz alta. Covarrubias. Tertulia. Maliciosa. Canallas. Periscopio. Mi familia.
Lo anterior se corresponde con mi carácter de hormiga hoplita. Dejar huella. Entenderme con el tiempo. Pensar despacio. Ejercitar el lenguaje.
Pero además he escrito y publicado una novela, y eso añade respuestas. Escribo porque es un maravilloso ejercicio de libertad. Porque me permite crear territorios a los que retirarme cuando quiero evitar sufrir una sobredosis de realidad. Porque no hay nada parecido a poner un libro en manos de un lector, e imaginar las mismas exactas palabras que he escrito, en su estantería, su mesilla de noche, sus horas de soledad, su vida. Porque cuando alguien lee la novela, deja de ser mía, para convertirse en algo compartido por ambos. Me emociona pensar que mis personajes, mis paisajes, ya son nuestros personajes, nuestros paisajes… He puesto en circulación dos mil sucursales de mí mismo y viviré siempre, de algún modo, en ellas.
¿Por qué escribo? Por la misma razón que estoy siempre impaciente por escucharos. Porque no hay mejor punto de apoyo sobre el que construir, junto con el amor, las relaciones humanas.

Carmina Casala:
escribo porque creo en la libertad de pensamiento, en la imaginación. La poesía es un impulso, una sacudida que me enfrenta a una misteriosa verdad interior, un salto en el vacío en el que sólo es posible el poema.
La palabra es creadora y yo me sé creada por ella. Siento que el poema culmina cuando consigues hacer de las palabras silencios.
Por eso escribo: por el milagro.

Jaime Reis:
porque un animal, aun sin saber que lo hace y sin intención por hacerlo, puede pintar o hacer música, pero no puede escribir.
Porque es un milagro que 27 signos se combinen para componer miles de palabras en miles de idiomas. Y quién en su sano juicio no querría ser parte de un milagro.
Porque me temo que con la oratoria sólo se convence a los que ya piensan como nosotros. Y escribiendo y leyendo eres capaz de cambiar de opinión.
Porque, ya lo he dicho, la foto de una puerta sólo puede ser esa puerta, y la palabra puerta es todas las puertas.
Y escribo para sacármelo de lo cabeza, aunque a veces lo haga mal y siempre lo haga a medias y saque la mitad de la mitad de lo que estuvo en mi pensamiento.
Porque la vida será corta pero a mí los días se me hacen larguísimos.
Porque tampoco hace tanto que el hombre escribe, en verdad hace muy poco, 5.300 años y hay tanto que contar y recordar... por ejemplo que la rueda sólo nació doscientos años antes que la escritura en Súmer...
Porque la escritura es lo único que permite almacenar y transmitir el conocimiento.
Porque es tal vez la única actividad en la que no hay que dar explicaciones.
Porque no sé pintar.
Porque sin texto no hay Historia.
Porque Gilgamés, abrumado por la muerte de su amigo Enkidu a manos de Isthar, la diosa del amor Isthar, Gilgamés, digo, abrumado ante el espectáculo de la desaparición de Enkidu se propone conquistar la inmortalidad... y lo consigue con la ayuda del imperecedero matrimonio superviviente del Gran Diluvio Universal... aunque luego la “planta de la juventud” se la robe una serpiente y por eso las serpientes cambiando de piel si no son inmortales sí son eternamente jóvenes... y todo esto lo sabemos por un poema titulado “Quien todo lo vio” escrito antes casi todo sucediera.
Porque recuerdo a mi padre y veo a mis hijas y sé que Sary, escriba egipcio talló en piedra estos versos: “Un hombre ha desaparecido, su cuerpo polvo es, / toda su parentela ha vuelto a la tierra, / pero un libro hace que lo mencione la boca de quien lee”.
Porque escribir es el territorio único y perfecto de lo más sagrado que para el hombre hay, la libertad.
Porque si una sola persona en el mundo leyendo una frase mía disfruta una milésima parte de lo que yo con la Ilíada de Homero, el Quijote de Cervantes, el Diablo Mundo de Espronceda o la Caída de Camus, me sentiré feliz, y creeré haber devuelto al mundo honradamente algo de la infinita felicidad inmerecida que he recibido en mi vida de lector.
Escribo también por una vanidad que creo que se redime por sí misma puesto que no busca el halago por el halago sino que al recibir un parabién por algo escrito por mí, al ver un libro mío subrayado por alguien, descubro hermanos de emoción y sentimiento y el mundo cobra sentido porque no estoy solo.
Escribo porque a vosotros, gente mía (gente, como diría Dersu Uzala), os gusta.
Porque soy curioso y no me canso.
Secretamente incluso para mí mismo, supongo que empecé a escribir para ganarme el respeto y la admiración de mi padre, lector empedernido e inédito escritor.
Porque así no se perderá en el olvido, resistiendo al menos una hora, pongamos, el tsunami que en mi corazón supuso caminar por el laberinto de la ciudad de Mari (Tell Hariri), a orillas del Éufrates, construida hace 7.000 años. Un lugar que hoy a un turista a la busca y captura de algún fotograma exótico lo dejará con el vacío de la estafa y que sin embargo a mí me conmocionó. Muros aparentemente vanos que no otro sino Hammurabi destruyó. Mis huellas sobre sus huellas.
Porque en la escritura hay algo que es iluminación: me descubre en el más amplio sentido de la frase “me descubre”. Y por cierto que por eso del “amplio sentido” también es por lo que escribo. Porque decir “lo que queda” significa tres cosas distintas, todas certeras.
Porque empecé a hacerlo en el mismo momento de mi infancia en que comencé a ser yo mismo y no puedo pararlo. Y porque en las horas de desaliento (más editorial que escritorial) en que “decido” dejar de escribir lo pienso en forma literaria y no descanso hasta que escribo que ya no escribo.
Porque tras haber vivido (o sea, tras haber visitado latitudes impensables; tras haber edificado una familia; tras haber transitado las horas con vosotros, Hazversos y Canallas; tras haber amado y visto tanto y tanto), o sea, tras haber vivido, para cuando ya no viva, el Paraíso lo concibo como un lugar sin lugar donde no hay acción, un lugar donde transcurre infinito el tiempo sin tiempo, un lugar donde leo y leo y leo, aprendiendo, conociéndolo todo por lo escrito. “Casas de vida” llamaban en tiempo de Ramsés II a las bibliotecas. Y si el Paraíso que imagino en la nebulosa de la inexistencia es una biblioteca, ¿cómo no desear ser partícipe de la inacabable construcción de ese paraíso?, ¿cómo no escribir?

Rafael Borge:
(Iconoclasta heterodoxo hasta la extenuación, Rafael Borge responde a la pregunta con unas citas del libro “Escribir es vivir” de José Luis Sampedro:
“… me mueve a escribir descubrirme a mí mismo para descubrir a otros y para encontrarnos todos, para vivir más…
… mi concepción de la vida como una obligación de hacerse lo que se es. la vida es, o debe ser, un esfuerzo encaminado a hacernos lo que somos, lo cual entraña no pocas dificultades porque ¿cómo sabe uno quién es?...
… yo he escrito con tesón y perseverancia durante cuarenta años sin ser conocido como escritor. Era conocido como economista, pero, además de ganarme la vida con mi trabajo de economista, me levantaba a las cuatro de la mañana para escribir novelas. Y, pese a escribir y publicar unas cuantas, con buenas críticas y todo, a mí no se me consideró escritor hasta los años ochenta. Escribir durante cuarenta años sin que el esfuerzo esté recompensado por éxito, ni por fama ni por dinero, sólo tiene una explicación: que la recompensa consiste en la satisfacción íntima, en el “dolorido sentir” en palabras de Garcilaso. Al igual que Garcilaso de la Vega, tras un desengaño amoroso, escribió aquello de que “nadie me podrá quitar el dolorido sentir”, tampoco a mí me podía, ni me podrá quitar nadie el dolorido sentir de la creación…”

Rafael Soler:
¿Por qué diablos escribes, alma de cántaro, con la que está cayendo?
A tus cumplidos sesenta y dos añitos, de vuelta de nada y enfrentado a casi todo, ¿qué haces emborronando folios, servilletas, y recibos del super? Tú, que ignoras las bondades del ”control+enter”, que sigues confiando en la nívea bondad de los jurados literarios, que te has reencontrado con los tuyos a golpe de versos y manzanas, ¿qué pretendes un folio tras otro dale que te pego a las seis de la mañana, disfrutón, encendido, vivo, arreglando el mundo y sus aristas? ¿De qué vas cuando das lo mejor de ti al encontrar la palabra que faltaba, benéfico pardillo? ¿Buscas novia, un abono del Canal, alguna palmadita al bajar del autobús? Y más concretamente, por evitar cualquier floritura innecesaria en tu respuesta, ¿escribes cuando escribes, o cuando escribes bailas, vomitas, escuchas al ardiente corazón del amor que nunca conociste, vives como hubieras querido vivir si te dejaran? ¿Tanto tiempo te queda para tallarlo a tinta? ¿Para quién? ¿Para cuántos? ¿Qué quedará de todo lo escrito dentro de seis años, de diez o de cincuenta? ¿No hay suficiente texto impreso en las pescaderías, en las páginas salmón que el diablo confunda, en los misales? ¿Te parece prudente atosigar a tus afines con un poema nuevo que habla de tus viejas obsesiones, de la muerte inevitable, de la soledad que luce la solapa del vecino? ¿No tienes un diván? ¿No te gusta el ocio compartido, los escaparates, las aceras con sus piernas?
PAUSA, MIENTRAS EL INTERPELADO RECAPACITA, MALDICE LA ENCERRONA Y ENCUENTRA UNA RESPUESTA A SER POSIBLE
BRILLANTE
LUMINOSA
DEFINITIVA
Algo así como:
“Escribo… …( balbuceo)… …porque no tengo remedio”.